Sanjuanes sorianos

Las Fiestas de las Calderas en Soria según Mariano Granados Campos en 1892

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Mariano-Granado-Campos,-efigie-Dehesa-de-SoriaMariano Granado Campos, que entre otros muchos cargos fue presidente del Casino de Numancia de Soria, colaboró en la prensa local, fue director de dos periódicos y con el pseudónimo de “Soagrand” publicó la colección de cuentos locales titulados “Al amor de la lumbre“, así como Bocetos a pluma: colección de semblanzas de sorianos (1890). Falleció en Soria, en 1914.

En junio de 1892 fue nombrado secretario interino del Ayuntamiento de Soria por lo que dejó la dirección del trisemanario Noticiero de Soria, donde se fue publicando el artículo sanjuanero que escribiera para Pascual Millán el 22 de marzo de 1892 y que éste incorporara como undécimo apéndice en su libro Los Novillos… como hemos señalado en un post anterior.  Dicho artículo o ensayo lo publicó El Noticiero de Soria con el título de “Las Fiestas de las Calderas” los días 18, 22, 25 y 29 de junio de 1892.. 

El-Noticiero-de-Soria-junio-de-1892

Las fotografías que acompañan este artículo -en su mayoría- se custodian en el Archivo Histórico Provincial de Soria.

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 Domingo-Calderas-1894-en-Soria-foto-AHPSo

Fiestas-de-Calderas,-Mariano-Granados-CamposMi buen amigo: Me pide usted, para el libro que con el título de Los Novillos, proyecta publicar, algunos datos acerca de lo que fueron y lo que son las tradicionales fiestas de Soria, y cumplo gustoso el encargo, remitiéndole estos apuntes acerca del pasado y el presente de los festejos que la Muy Noble y Muy Leal, como dice el escudo, y muy pobre y muy olvida, como yo digo, ciudad de Soria, dedica a la Madre de Dios con el nombre de Fiestas de las Calderas.

Si mis apuntes no satisfacen su curiosidad, culpa será de mi torpeza, porque bien sabe Dios que pongo mis cinco sentidos en cumplir bien y fielmente el encargo recibido, pues aparte la satisfacción que me ocasiona ser a usted útil, sospecho que cumpliéndolo se ha de ocupar la gente, aunque no sea más que por lo que al libro de usted se refiere, de este viejo poblachón de Castilla, por el que yo siento un cariño análogo al que los padres tienen a los más feos de sus hijos, queriendo compensar con sus caricias y ternuras los pocos favores que recibieran de la naturaleza.

Y dicho esto a modo de exordio, vamos a lo que han sido y son las Fiestas de Santa María, como las llamaba D. Alfonso el Sabio, en el título XXI del fuero que concedió a la ciudad de Soria.

Sólo por esta cita puede comprenderse su antigüedad, pues el fuero de D. Alfonso es del año 1256, y ya entonces se celebraban de antiguo aquellas fiestas, y el fuero ordena que se consideren como feriados los días en que tenían lugar.

Pero tal es el empeño que las gentes tienen a remontarse, cuando de buscar el origen de nuestras fiestas tradicionales se trata, que hay quien lo funda nada menos que en la conversión de Recaredo y expulsión de la herejía arriana. Para ello, sin duda, encuentran como base la índole caritativa en estas fiestas y el espíritu del cristianismo. Más conforme estoy yo con un peritísimo escritor soriano, muy allegado a mí por cierto, D. Lorenzo Aguirre, el cual dice, hablando del origen de las fiestas de las Calderas:

«Las costumbres guerreras de nuestros mayores dan motivo para aceptar la idea de que se establecieron para celebrar las victorias obtenidas. En su forma se asimilaron desde el principio a la división administrativa de la ciudad tomando parte las 16 cuadrillas ó colaciones que todavía subsisten para este fin.»

En efecto, aun sin salir de nuestra provincia, ahí está el histórico castillo de Gormaz con sus gloriosas tradiciones; ahí está ese admirable Calatañazor, tumba de la fortuna del gran caudillo de Hiesem II que a través de los siglos conserva todo el aspecto de un pueblo de la Edad Media, inexpugnable, dados los medios guerreros de aquel tiempo. ¡Quién sabe si en alguno de aquellos combates invocarían los sorianos la intercesión de Santa María del Mercado para salir airosos, y celebrarían estas fiestas para honrarla, solemnizando al mismo tiempo la victoria alcanzada por sus armas!

Lo indudable es que en 1256 ya existían, y aun existían en forma que obligaron al concejo a reprimir algunos excesos, y más tarde, el año 1536, a dictar ordenanzas, reglamentándolas, a la Emperatriz doña Isabel, gobernadora del reino en ausencia de su esposo D. Carlos I de España y V de Alemania.

De estas ordenanzas y de un antiguo manuscrito que en poder de un sacerdote de Soria existe, puede deducirse la manera como se celebraban las fiestas en la antigüedad, advirtiendo que tanto en unas como en otro se atacan tan continuados jolgorios, calificándolos el último «de rito gentilicio, porque cuatro días andan los de Soria como gente sin seso, é aunque los Prelados an querido desterrarlas de la dicha Ciudad, como mal abuso, no an sido poderosos para ello.»

Lo cierto es que ya entonces, como hoy, tenía cada cuadrilla un jurado, especie de alcalde de barrio, con alguna autoridad entonces, el cual vierese obligado a asalariar una gaita y un tambor, continuo machaqueo de los vecinos mientras las funciones duran.

Cada cuadrilla compra un toro en el vecino monte de Valonsadero, el cual corrían antiguamente por las calles de la colación durante todo el día del viernes siguiente a San Juan y la mañana del sábado. Por la tarde llevaban la imagen del santo patrón de la cuadrilla al portal de la casa del jurado, y festejándole dábanse mozos y mozas gran atracón de bailoteo hasta que rayaba el día del domingo, en el que (y aquí copio el antiguo manuscrito):

«Los sacadores de damas andan por las casas de cada guadrilla sacando a las mozas é juntas todas las de cada guadrilla bajan al campo de la otra parte del Duero é hacen muchas guirnaldas de flores é yerbas, é van a la hermita de San Joan que está en el dicho campo donde oyen misa, é ofrecen las guirnaldas, é vuelven a casa de la mayordoma donde les dan de almorzar, é vuelven a sus casas hasta que se hace ora de la procesión.»

 «El dicho dia Domingo por la mañana los toros que corrieron el viernes é sábado é los mataron, los cuecen en el dicho campo de San Francisco en unas grandes calderas cada cuadrilla en sus puestos que tienen señalados oficiales nombrados para estos é otros ministerios, é ponen algunos toldos é hacen sombras donde solían almorzar las mugeres casadas é sus maridos é familias.»

 «Dicho dia Domingo a las diez de la mañana van en procesión desde la iglesia Colegial de Santo Pedro dignidades, calbildos, justicia é cada cuadrilla con su santo por sus antigüedades: las gaitas también é demás instramentos, é las mozas que han subido de Santo Joan de Duero; é delante de cada santo lleva un buen mozo un Arguijuelo muy galano é lleva entre las ramas algunas tortas é rosquillas zafranadas é alguna fruta; é llega la procesión al monasterio de Ntra. Señora del Mercado donde está un monje benito, revesti lo é hecha agua bendita, ó le ofrecen la ofrenda que lleva cada Santo, é entran dentro de la iglesia é aguardan hasta que por campana tañida, se dá señal para dar la caridad de pan é vino é carne é caldo de toros é novillos a pobres é a ricos, forasteros é de la ciudad: con lo cual se vuelven con las insinias é las dejan en sus templos é comen todas las mugeres juntas de cada cuadrilla sin sus maridos. La tarde se gasta en bayles, juegos, fiestas é regocijos.»

 «El lunes siguiente la gente mas común é ordinaria de algunas cuadrillas, por la mañana, sacan los guardadamas a las mugeres casadas por que acompañen a su mayordoma é bajan é Duero cogidas de las manos de cinco en cinco é de seis en seis, delante las guardadamas é gaita é tamboril é bien compuestas é arreadas entran en la iglesia de Santo Joan junto a Duero, oyen misa, é después en las riberas del rio almuerzan é baylan é hacen sus guirnaldas de flores é rosas é van subiendo con mucho regocijo é roido de acompañamiento de arcabuceros é piqueros disparando los arcabuces é otros tañendo instrumentos cada cuadrilla fasta casa de la mayordoma donde la dejan, con lo que cada uno pone se van a cenar juntos con lo cual se dá fin a las dichas fiestas, hablen, do andado cuatro días con notable roido que parece no hay gente con juicio en toda la ciudad el dicho tiempo.»

Tales venían a ser, poco más o menos, las fiestas de Soria desde el siglo XIII, primer momento en que de ellas tenemos noticia exacta, hasta el siglo XVI, precediendo siempre a su celebración la obligada consulta del jurado al vecindario acerca de si se habian de celebrar ó no, pues es de advertir que en las épocas calamitosas de estrecheces, guerras ó pestes la Ciudad suprimía toda clase de festejos.

El tiempo, que anda siempre dando papirotazos a todo lo que encuentra, no ha podido matar el carácter que de antiguo tenían las fiestas de la Madre de Dios, aunque no ha dejado de hacer con ellas alguna de las suyas.

1958-novillo-sanjuanero-de-Soria-escapado-en-calle-Campo

La primer reforma que se introdujo, allá a mediados del siglo XVIII, fue la de que los 16 toros se corrieran en la Plaza Mayor entonces, y después Plaza de la Constitución, que cerraban con tablados preparados al efecto, y que guardaban una vez terminada la función. Entonces debió nacer con todo él esplendor que hoy tiene la mañana de la saca, que más adelante describiré, y en la que grandes y chicos, hombres y mujeres, van en alegre caravana a la vecina dehesa de Valonsadero en busca del ganado que ha de correrse y sacrificarse (la frase encaja aquí perfectamente) los días del viernes y el sábado siguientes a San Juan.

Más adelante, en 1853, Soria, que no tenía plaza de mercado, se decidió a construir una plaza de toros, y en 1854 dejaron de correrse los toros en la Plaza Mayor y se inauguró el circo taurino, construido por suscripción en el vecindario, precisamente en el solar que ocupó un convento de frailes de San Benito, y en las inmediaciones de los corrales en los que se enmaromaban las reses el siglo XIII.

La Chata, Plaza de Toros de Soria

Olvidóse también con el tiempo aquella famosa -costumbre de celebrar la noche de San Juan, que tan admirablemente describe el ilustre poeta, gloria de las letras españolas D. Juan Eugenio Hartzembusch en su Bachiller Mendarias cuya escena se desarrolla en esta ciudad, noche en que las doncellas sorianas, vestidas con blancos ropajes y destrenzado el cabello, esperaban con un pie metido en un barreño lleno de agua a que sonara en la calle el nombre del que había de ser su esposo. Hoy aquella costumbre se ha cambiado por la de ir a las orillas del Duero a ver salir el sol y trasegar desde la bota al estómago buenos tragos de vino, castañeteando los dientes de gusto.

Antes dije que el tiempo fue el que dio al traste con algunos de los festejos; pero ahora añadiré que los obispos de Osma han sido los mayores reformadores de nuestras ñ estas, a las que no miraban con buenos ojos desde fecha muy remota. Así, al menos, consta en el ya citado manuscrito.

Los obispos de Osma suprimieron los bailes en los portales de los jurados y en los que ocupaba preferente lugar (á los portales me refiero) la imagen -del Santo Patrón de la Cuadrilla, testigo las más de las veces de escenas no muy edificantes, si bien algo disculpables por la juventud de los bailarines, la tibia atmósfera del mes de Junio, cargada de dulces voluptuosidades, y las visitas, frecuentísimas en tales días, al jarro del peleón.

Más tarde, allá por el año 1886, suprimióse la procesión del domingo de Calderas, en la que las mozas de cuadrilla llevaban los santos a hombros. Por cierto que la tal reforma fué recibida con poco agrado por algunos decididos partidarios de los usos y costumbres.

Y puesto que ya he dicho cómo las fiestas se celebraban antiguamente y las reformas que con el tiempo han sufrido, allá va una ligera reseña de cómo en la actualidad se celebran.

Saca-de-Sanjuanes-de-Soria-antigua-Foto-AHPSo

Han dado en decir las gentes que las fiestas comienzan el jueves siguiente a San Juan, día en que se va al monte a recoger el ganado que se ha de lidiar; pero no es menuda la diversión que traen el miércoles los preparativos del almuerzo, por una parte, y la exposición de jamelgos tísicos por otra, en la plaza de Herradores, punto de reunión de alquiladores y caballistas.

El aspecto de la plaza de Herradores en la tarde del miércoles no puede ser más pintoresco y animado: los alquiladores y los dueños de los caballos, el vocear de los que trata, las carreras del que prueba el genio, inofensivo siempre, de algún cuartago que saca fuerzas de flaqueza para extender sus cuatro remos, como si quisiera dar una carrera: aquel conjunto apretado de hombres que chillan, de caballos que relinchan, de pacíficos y sesudos pollinos que esperan con resignada calma la mano que los ha de sacar de su quietismo, es digno prólogo de la fiesta del jueves.

El jueves, el día más agradable de los de las fiestas, salen a la calle coches que no se vuelven a ver en todo el año; el que tiene un birlocho, una caja con ruedas, algo que pueda conducir a tres ó cuatro personas, engancha un arre, sea como sea, y látigos va y grito viene, confundido entre el polvo de la carretera que levanta la turba de jinetes, allá va, camino del monte, a traer su toro.

Es tal el entusiasmo que la saca despierta, que como dijo un poeta soriano:

…se pasaría al moro
la mañana de la saca
el que en una mala jaca
no fuera a traer su toro.

 En el monte la gente forma alegres corrillos, los jinetes recorren la vega juntando el ganado, y los que no han logrado alquilar un caballo miran desde las peñas las carreras de los improvisados vaqueros, ó bailan con lindas muchachas al son de la música ó de las dulzainas del país.

La-Saca-1925-Sanjuanes-de-Soria-Foto-AHPSoRecogido el ganado, después de no poco galopar por la dehesa, tiendense los manteles bajo las rama de un árbol, a la sombra de una peña, allí donde se encuentra algo que pueda evitar los rayos del sol, y a despachar el almuerzo con el apetito que despiertan el airecillo de la mañana y los aromáticos efluvios del campo.

Después de almorzar forman los jinetes extensa media luna, cuyo centro ocupan los bichos; se enganchan los caballos a los carruajes, y vuelta a Soria, entre gritos y canciones, chasquidos de látigo y tintineo de cascabeles.

Cuando toda aquella turba invade la población, en ventanas ó balcones están esperando los que no han tenido la suerte de ir a la saca, y quienes al presenciar el desfile unen su voz a la de los expedicionarios, gritando con toda la fuerza de sus pulmones: ¡Viva el Jurado!

La-Saca-caballistas-en-Soria-foto-AHPSo

Los 16 toros encerrados el jueves por la mañana se corren por la tarde, como prueba, y el viernes vuelven a correrlos dos veces, por la mañana y por la tarde, con gran contento y algazara de un público inmenso, que llena la plaza de bote en bote; hay que advertir que la entrada es gratuita, y sólo se pagan las localidades, por mejor decir, los palcos.

Plaza-de-Toros-de-Soria-1930-foto-AHPSo

Cuatro desventurados novilleros, de lo peorcito de la clase, alternan con los mozos del pueblo en la lidia de las reses, y adornan con banderillas a los pobres bichos, que se pasan el día en el chiquero a rigurosa dieta. Los novilleros cobran una insignificancia por su trabajo, y acontece alguna vez que tropiezan con un toro hecho y derecho, cuando creían habérselas con burros, dando el susto de los lidiadores ocasión a lances grotescos unas veces y tristes otras.

No me había acordado de consignar que mientras la lidia de cada toro menean la gaita y el tambor de la cuadrilla a que pertenece, con gran contentamiento y algazara de mozos y mozas, los cuales bailan en la punta de un palo el cachirulo de la cuadrilla hecho con sus propias manos.

En las primeras horas de la mañana del sábado, llamado agés ó de los agés, los toros que se han corrido en la plaza los dos días anteriores, y a los que han banderilleado y fogueado el viernes por mañana y tarde, salen a correr las calles de la ciudad, sujetos con maromas, de las que tiran los mozos de cuadrilla. Claro es que los pobres animales, cansados, mal comidos, casi sedientos y con el cuerpo lleno de heridas, no pueden dar mucho juego, y que con gran dificultad arremeten alguna vez con algún aficionado en el que quieren vengar los dolores que con tan prolongado martirio les causaron.

A las ocho de la mañana se compadecen las gentes de las pobres reses y les dan muerte, en el Matadero unas veces, en medio de la calle otras, y hasta en el portal del jurado algunas.

Después se reparte la tajada a cada vecino, y lo que sobra del toro se guisa en una gran caldera, acompañado de gallinas, huevos duros, jamón y chorizos, formándose una olla podrida no poco sabrosa.

Por la tarde cada cuadrilla celebra el agés o subasta de los despojos del toro, reuniéndose los vecinos a dar buenos empujones al jarro del mosto.

Datos sanjuaneros en "Noticiero de Soria", 22 junio de 1892
Datos sanjuaneros en “Noticiero de Soria”, 22 junio de 1892

El Ayuntamiento ha introducido una novedad, en sustitución de los antiguos bailes en los portales de los jurados: una verbena en el paseo llamado Dehesa dé San Andrés, que iluminan con multitud de farolillos de colores, y al que acuden la mayor parte de los vecinos, así como las músicas de la población y las dulzainas de las cuadrillas. Esta fiesta suele resultar preciosa y animadísima, y, a pesar de ser nueva, no sale del marco de sencillez primitiva y casi campesina de las demás.

El domingo bajan muy de mañana las cuadrillas a la Dehesa de San Andrés, presididas por su jurado, acompañadas de sus músicas, y llevando entre varios mozos una enorme caldera, adornada por las mozas con profusión de flores, en la cual va el guiso aderezado la víspera.

Se forman las 16 cuadrillas en las tapias del ex-convento de San Francisco, y las autoridades van probando una por una las calderas, de las que se da después una ración a cada vecino, sin olvidar a los pobres, que, aparte de su especial caldera, están a las sobras de las otras 16.

Para la descripción del lunes, llamado de bailas, me atengo al antiguo manuscrito, pues, con escasa diferencia, se conserva la mismo, excepto el oír misa en la que allí se llama Ermita de San Juan, y que hoy son unas ruinas admiración de todos los amantes del arte, que todavía se conocen con el nombre de San Juan de Duero.

Con esto termino la descripción de las fiestas de Soria, que, como habrá usted visto, tienen un carácter especialísimo, del que nos sería imposible prescindir a los sorianos pura sangre.

El día en que no se oigan los chillidos de las gaitas, ni las carcajadas efecto del exceso de peleón, ni las protestas de los alquiladores de caballos para la saca, ni los lamentos que producen los desafueros de los toros el sábado agés, podrá Soria haber entrado en la rueda del progreso, podrá caminar por ella con planta firme y segura; pero tristes y cariacontecidos nos lamentaremos amargamente del placer perdido los acérrimos partidarios de los usos y costumbres.

¡Oh fiestas de San Juan! las que guardan en su seno recuerdos dulces de mi infancia, las que conservan un dejo de los primeros pasos de mi juventud. El día en que desaparezcan, ¡cuán hondo pesar habrá en mi alma! ¿Cómo evocar entonces aquellos gratísimos recuerdos? ¿Cómo recordar entonces aquellos alegres tiempos en los que un rayo de sol, el galope de un caballo ó los acordes de la jota alejaban de mí toda sombra de tristeza?

Pero no: imposible es que se las borre del cielo de nuestro pueblo, de este pueblo que se despierta alegre como unas castañuelas la mañana de la saca, para arrojarse en el lecho, sudoroso, fatigado, harto de diversión y de jolgorio, al volver de las bailas de San Polo.

Son el último baluarte en el que luchan y se defienden las antiguas costumbres; ya no hay ladrillo de San Lázaro ni vaca de San Crispín ni aun soldadesca con revoloteos de bandera; sólo quedan ellas como recuerdo alegre de otros días.

¡Oh fiestas de San Juan! las de las cuadrillas y los jurados, las de los agés y los cuatros, las de las calderas cubiertas de flores y las animadas bailas, yo las bendigo, porque despiertan en mí dulcísimos recuerdos y me hacen gritar, animado de la alegría que respiran, ¡aún hay patria! con todos los entusiasmos de la juventud.

 

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