Alfonso I rey de Soria

Sobre el sepulcro del Batallador, primer rey de Soria

By  | 

Los restos óseos de Alfonso I el Batallador, el primer rey de Soria (1119-1134), se encuentran desde 1848 en el Panteón Real de San Pedro el Viejo de Huesca una vez trasladados de su sarcófago original, románico, desde la cripta de Montearagón donde fue inhumado tras su fallecimiento en Poleñino el 7 de septiembre de 1134, dos meses después de su gran derrota ante el Islam en Fraga.

Los historiadores debatieron durante siglos acerca del lugar dónde fue enterrado El Batallador hasta que a finales del siglo XVII se dieron a conocer dos documentos sobre su enterramiento en Montearagón:  una donación de octubre de 1134 de su sucesor y hermano, Ramiro II el Monje, un mes después del fallecimiento del Batallador, y un privilegio del sobrino nieto de éste, Alfonso II el Casto, en marzo de 1175.

Ramiro el Monje donó al monasterio de Montearagón una viña suya y un molino para que ardiese perpetuamente una lámpara ante el altar de Jesús Nazareno y se diese de comer todos los días a un pobre en sufragio del alma de su hermano el rey Don Alfonso, cuya muerte, según dice Ramiro el Monje “lloraba  con lágrimas toda la cristiandad de España”.

A su vez Alfonso II el Casto otorgó un privilegio a Montearagón ,  merced dada “por amor de Dios, por la remisión de sus pecados y por el alma de su tío el Rey Don Alonso que descansa en la iglesia de Jesús Nazareno de Montearagón”, según indica el padre Ramón de Huesca en el tomo séptimo de su “Teatro de las Iglesias de Aragón” (1797), donde publica dicho privilegio real que confirmó posteriormente Jaime I el Conquistador en 1228.

Ramón de Huesca nos aporta además una descripción del sepulcro del Batallador y su ubicación exacta:  “En la entrada de la capilla de Nuestra Señora, debaxo de la Iglesia principal, está el sepulcro del Rey Don Alonso el Batallador. Es un túmulo grande de piedra tosca, sostenido de doce columnas de la misma materia, seis a cada frente, que para aquel tiempo es cosa notable, porque los túmulos en que yacen los Redyes Don Sancho y Don Pedro, padre y hermano de Don Alonso, aunque son de piedra, están, como también los de sus predecesores, soterrados y embebidos en la tierra firme” .

Planta del castillo monasterio de Montearagón

El pintor oscense Valentín Carderera visitó Montearagón antes de que la desamortización arruinase esta fortaleza monacal y se destruyese también el sepulcro del Batallador. El 16 de enero de 1841, ya expulsada la comunidad monacal, realizó diversos dibujos de la abadía antes de su ruina, entre ellos el sarcófago románico del Batallador que publicó años después en su obra Iconografía Española (1855-1864) en litografías de Rufino Casado. Quince años después volvió de nuevo a Montearagón para encontrárselo arruinado (el sepulcro fue “vandálicamente destrozado por la revolución de 1858”, se indica en 1912 en la revista Linajes de Aragón) . Y así nos describe Carderera el túmulo funerario románico del Batallador en la cripta de Montearagón:

“Este sepulcro que afortunadamente pudimos dibujar antes de ser enajenado el insigne monasterio, es de piedra y presenta bien el estado de la arquitectura robusta y austera del siglo XII como el monarca a quien de destinó. Su decoración de arcadas conserva la disposición tradicional de los sarcófagos cristianos de Roma de los siglos V y VI, manifiesta filiación de los de la Roma pagana, imitados en los túmulos de lujo en casi toda la edad media, prolongándose su uso hasta el segundo renacimiento de las artes. Seis columnas harto groseras en cada uno de sus lados mayores sostenían cinco arcaditas angreladas que a pesar de su tosca robustez producían muy buen efecto, así como las enjutas o espacios que entre una y otra arcada atenuaban lo macizo de estas con unas rosetas rehundidas, de cinco hojas. El frontis excedía bastante de un metro de altura sin contar el zócalo; su ancho era de cerca de dos metros”.

Túmulo funerario de Alfonso I el Batallador en Montearagón según Valentín Carderera en “Iconografía Española”

El ya citado padre Ramón de Huesca, recogiendo datos del “Discurso de la Fundación Estado de la Real Casa de Montearagón”, redactado en 1619 por Juan de Segura, canónigo a la sazón del  castillo-monasterio, contaba: “El canónigo Segura dice que se abrió en su tiempo, y que se halló en él un ataud de madera con un esqueleto envuelto en lienzos o telas de varias labores, los huesos son muy grandes con la carne seca pegada a ellos, los cuales exhalaban un olor de gran suavidad y fragancia”. Segura, a su vez, indicaba que tal sepultura no tenía bulto, o sea, escultura alguna encima.

Juan de Segura, en 1619, escribió sobre la tumba del Batallador en Montearagón

Los restos del Batallador, temiendo su profanación al quedar abandonado Montearagón, se trasladaron a los jesuítas de Huesca en 1845 por iniciativa del Liceo Artístico y Literario de Huesca. Carderera se lamentaba así: “Los restos de Don Alonso el Batallador, ¿no han sido llevados a Huesca cubiertos por un miserable trapo después de hecho pedazos su curioso sepulcro?” Y en 1848 los colocaron en un nicho de San Pedro el Viejo, enfrente del sepulcro romano de Ramiro II el Monje, en la capilla de San Bartolomé (antes, capilla de San Jorge), “cubierto con una lápida de negro mármol, donde con letras doradas se puso esta inscripción: Alfonso el Batallador, rey de Aragón”, comenta G. García Ciprés en Linajes de Aragón (1916).

Y los avatares de los restos óseos del Batallador no concluyeron con este traslado puesto que fueron nuevamente reinhumados solemnemente el 24 de julio de 2011 y colocados en el citado arcosolio de medio punto, bajo una losa de mármol blanco son su nombre (Adefonsus Rex).

Esta recolocación se efectuó tras la investigación realizada por la Universidad de Zaragoza para identificar los datos antropológicos y  el gen de la dinastía real aragonesa desde Ramiro I (1035) a Ramiro II el Monje. Investigaron durante algo más de tres años unos setenta restos de esqueletos de los panteones de San Juan de la Peña y San Pedro el Viejo, así como el del Monasterio de las Benedictinas de Jaca. Gracias a estas investigaciones se sabe que el Batallador medía 1,62 metros de altura, que tenía artrosis en su columna vertebral y que le habían extraído una muela del juicio. (Véase el pdf: Identificados los genes de los reyes de Aragón).

“La tumba de Alfonso I El Batallador, acoge un número importante de restos de individuos varones de distintas edades (sobre 7 en total), y entre ellos dos esqueletos prácticamente completos. Los estudios efectuados aportan sólidas evidencias de que uno de ellos se corresponde con el de Alfonso I”, indica el informe del estudio.

 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *