Alfonso I rey de Soria

Urraca de Castilla y El Batallador en Soria: repudio mútuo según Navarro Villoslada en 1849

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Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Pamplona, funda Soria en 1119 y al año siguiente le otorga un Fuero Breve. A finales de 1109 se casa con Urraca I de León y de Castilla pese a ser ambos consanguíneos al ser  biznietos de Sancho el Mayor; enlace que tiene lugar en  el castillo de Monzón de Campos, con el alcaide de la fortaleza, Pedro Ansúrez, apadrinando el enlac. El matrimonio estuvo lleno de incidencias y fue desafortunado además de provocar tales desavenencias conflictos políticos y bélicos entre los bandos que apoyaban a uno u otro. En 1112 el papa Pascual II amenaza con excomulgarlos por la consanguinidad de los consortes y la nulidad eclesiástica del matrimonio se oficializa en el Concilio de Palencia de 1114. Previamente a este concilio, historiadores hay que indican que Alfonso I la repudió… y hasta algunos afirman que sucedió en Soria, lo que ha motivado leyendas diversas de las que haremos mención en otros posts que tienen como objetivo final demostrar que no pudo acontecer en Soria tal repudio. La referencia sorianista a dicho repudio se encuentra también en novelas y obras de teatro a partir del siglo XIX.

Como ejemplo teatral he aquí la mención soriana del supuesto repudio del Batallador en la obra “Doña Urraca (1838) de Eusebio Asquerino:

Pero en este post nos vamos a centrar especialmente en la transcripción del texto sorianista correspondiente a la novela de Francisco Navarro Villosalda, “Doña Urraca de Castilla” publicada en 1872 en el que sitúa la acción en un castillo (imposible históricamente en la Soria de entonces pues como mucho habría un torreón en donde luego se construyó la fortaleza, y además con salón regio, etc..).

Hallábase a la sazón con el augusto niño [Alfonso VII] entre León y Astorga, en un lugar que llaman Fuente-Culebras. Allí los fue a buscar Alfonso el Batallador después del triunfo conseguido sobre los castellanos; allí los encontró; allí también fueron derrotados. El obispo y el Principe escaparon de la lid como por milagro; el ayo don Pedro Froilaz quedó prisionero.

Después de haberse portado tan bizarramente como Rey, quiso el aragonés mostrarse tan digno y tan bizarro como hombre. Reclamó a la Reina su mujer, apoderóse de ella y encerróla en el castillo de Soria. No debía cogerla de nuevas tan duro trato; ya estaba acostumbrada a él. Pocos años antes la tuvo presa en el Castellar,. y sólo con industria y favor de los suyos pudo Urraca escapar de la prisión.

Lo que mis hubo de sorprenderla fue un recado del Rey para que se vistiese con la mayor bizarría. El mismo, a pesar de no hallarse bien con otros arreos que los de soldado, presentóse a su mujer mas galán que todos los paladines de su corte. Besóla por mesura la mano, diola el brazo para salir del encierro, y de esta guisa presentóse en un regio salón, donde estaban aguardando prelados, damas y ricoshombres.

Sentáronse los augustos esposos bajo el dosel recamado que se alzaba en el fondo del aposento. A la derecha y al lado de una mesa, un anciano de negras hopalandas aguardaba en pie las órdenes del Monarca. Todos los demás formaban un cuadro deslumbrador por la riqueza de los trajes, que daban a la reunión un aire de fiesta.

Pero la gravedad de los semblantes, el profundo y misterioso silencio que en el salón reinaba desvanecía bien pronto las ilusiones. La Reina procuraba en vano inquirir con sus miradas el objeto de aquella ceremonia. Las damas bajaban con afectación los ojos: los caballeros la miraban entre osados y compasivos.

Aclaróse al fin el misterio con una seña que hizo el Rey al de las negras hopalandas. El anciano, clérigo y notario de Alfonso el Batallador, tomó un pergamino que en la mesa yacía, y leyólo en alta voz.

Era el acta por la cual el Emperador de España, Rey de Navarra y de Aragón, fundándose en el adulterio de su esposa, la repudiaba pública y solemnemente, reteniendo empero los reinos dotales de León y Castilla por haber dado Doña Urraca legitima causa para el divorcio.

Descendió el Rey de su trono y firmó el escrito. Otro tanto fueron haciendo todos los circunstantes, firmando el clérigo por los que no sabían hacerlo. que no eran pocos. Ellos se contentaban con hacer cuna cruz, o un garabato, en donde el notario les indicada.

La Reina habia quedado en su asiento, encendida unas veces de vergüenza y confusión, y otras blanca de cólera y trémula de rabia.

Cuando todos hubieron concluido de firmar, levantóse y dijo con alterada voz:

– Reverendos prelados, ricoshombres y caballeros que os halláis presentes; sedme testigos de que yo, Urraca de Castilla y de León, hija del Rey Don Alfonso VI, considero y he considerado siempre nulo mi matrimonio con el Rey de Navarra y Aragón, no sólo por habérseme impuesto a la fuerza por los ricoshombres y caballeros de mi reino, a quienes tenía que obedecer, según el testamento de mi padre, sino también, y muy principalmente, porque este Rey, que hasta ahora se ha llamado mi marido es pariente mío en tercer grado y descendiente de mi mismo tronco. No puede haber repudio de consiguiente, como no sea mutuo y por esta sola causa: ni menos puede el Rey de Aragón conservar, como pretende, la herencia de mi padre, que constituye mi dote.

Esto era, como suele decirse, la madre del cordero: en la separación todos estaban conformes; en la posesión de los reinos de León y de Castilla había la conformidad de quererlos cada cual para sí.

Los cortesanos de Alfonso el Batallador acogieron con murmullos la declaración de la Reina, pero los prelados y clérigos meneaban la cabeza, dando a entender que en su concepto pesaban mucho aquellas razones. Alfonso entregó su mujer a las dueñas, advirtiéndola que podía ir donde quisiera, y aquella reunión se disolvió sin más efecto que el haberse salvado la dignidad del ultrajado esposo.

Acaecieron estas cosas dos o tres años antes de la época en que comienza nuestra historia.

A la sazón, los tres bandos, de la Reina, del Emperador y del Príncipe, seguían cada vez más enardecidos y alentados. Sin freno ya de marido, escandalizaba Doña Urraca con los amores del conde don Pedro de Lara, que solía darse el aire de monarca y era de todos aborrecido por su arrogancia.

Los condes en aquel tiempo no tenían dominio propio o cuando menos no poseían tierras o castillos a los cuales fuese aneja esta dignidad. Venían a ser simples gobernadores de un territorio o fortaleza y el Rey podia quitarles el empleo, y con el empleo las tierras, cuando se le antojaba. Al recibirlo le hacían pleito homenaje jurándole fidelidad y obediencia. Así fue que Doña Urraca, recelosa de los condes y alcaides puestos por el de Aragón, los desposeia del destino o se contentaba con exigirles nuevo juramento.

Y aquí será bien que refiramos otro episodio no menos caballeresco y peregrino que el anterior, y con el mismo objeto de irnos empapando en el espíritu de aquel siglo.

Había en Castilla un caballero, dechado de honradez, de hidalguía y lealtad, llamado don Pedro Asúrez, y vulgarmente en nuestras crónicas don Peranzules, ayo de la Reina en su menor edad, y conde de las principales fortalezas de aquel reino, confiadas a su valor y fidelidad por ambos consortes. La Reina, sin embargo, recelábase de él, quizá porque su severa virtud era censor mudo, pero severo, de las liviandades de su corte.

Exigióle la entrega de los castillos, y el anciano conde lo verificó sin dilación ni  repugnancia, y apenas se terminó la ceremonia. besando la mano de la Reina, vestido de escarlata como estaba, montó en un caballo blanco, y con una soga en la mano se fue a buscar al Rey de Aragón y de Navarra.

Hallóle en el Castellar. El venerable viejo, con toda la gravedad y respeto de un antiguo castellano, apeóse y fue a prosternarse delante de Alfonso el Batallador, que al saber de la llegada de tan principal caballero, salió a recibirle acompañado de sus próceres.

-¿Qué tienes,buen conde? -le dijo el Monarca al verle que casi se le saltaban las lágrimas.

-He pecado contra vos -respondió con dignidad el conde don Pedro Ansúrez-, y vengo a delatarme para que me impongáis el condigno castigo.

-¿Cómo es eso? ¡Tú, el más noble caballero de Castilla, faltar a tu Emperador! Levántate, que no lo creo.

-No me levanto, señor, hasta que me hayáis absuelto o condenado.

-Entonces. confiesa tu culpa.

-Señor, yo tenía una niña, a quien eduqué por encargo de su padre: esta niña llegó a ser mi Reina, y de ella recibí honores y castillos: me los ha pedido. y como le besé la mano al recibirlos, se la he besado al entregárselos.

-¡Cómo! ¡A Doña Urraca! -exclamó el Rey enfurecido.

-A Doña Urraca, sí, señor: a Doña Urraca. que me los había confiado.

-¿Pues no sabes, mal aconsejado conde, no sabes que soy el único señor legitimo de toda España?

-Sólo sé que cien veces que me volviera a pedir mi Reina mi hacienda y vida, otras tantas veces se la daría, como ahora la he dado la una y ofrecido la otra -repuso con entereza el honrado conde.

-¡Famoso arrepentimiento es el tuyo. Pedro Asúrez! -exclamó el Rey amostazado.

-Es que no vengo arrepentido, señor; vengo tan sólo culpado. Cumpliendo como caballero con la Reina, mi natural señora, os he ofendido a vos, que sois mi Rey; y siéndome forzoso lo primero, vengo con este dogal para que os sirváis mandarme ahorcar por haberos faltado.

Y al decir estas razones el anciano Pedro Astirez. se echó al cuello la soga que traía.

Inmutóse el Emperador al ver demostración semejante,y luchando entre el asombro y la ira, entre la pena y el cariño:

-Levántate -dijo por fin-;te has portado como bueno y leal. Yo te daré doblados honores y haciendas que has restituido a la Reina; en nadie estarán mejor que en tan cumplido caballero.

El caso del conde Asúrez fue aprobado y aplaudido en la corte de Aragón, y era citado en aquellos tiempos por un ejemplar de cómo debian portarse los nobles en conflictos semejantes.

No tuvo sin embargo, muchos imitadores, Alfonso retenía directamente, o por medio de sus partidarios, muchas fortalezas castellanas, y poco a poco se iba apoderando de las demás.

El Príncipe niño, por otra parte, no dejaba sosegar a la Reina con sus pretensiones. Según el testamento de Alfonso VI, abuelo materno de aquél, desde el momento en que Doña Urraca contrajese segundas nupcias debía entregar a su hijo el reino de Galicia; y como se había pasado tanto tiempo sin que la madre se diese por entendida de cláusula semejante, no era extraño que el hijo, ya en años de querer figurar, aspirase a conseguir por amenazas lo que hasta entonces buenamente se le había rehusado.

Pero acosada la Reina por la parte de Rioja y de Soria por Alfonso el Batallador, ¿cómo se desprendía del gran punto de apoyo que le quedaba en Galicia? ¿Cómo podía desconocer que el plan de los áulicos de su hijo era ponerlo en posesión de aquel reino para arrojarla luego de los demás?
Resistía, pues, tenazmente la coronación del Príncipe en Santiago, y sabedora de que el alma de aquel partido era el obispo don Diego Gelmírez, formó el mayor empeño en mantener al niño Alfonso lejos de Galicia, para que no pudiese comunicarse con el prelado, ponerse con él de acuerdo y recibir sus consejos.

De aquí la suma vigilancia que los partidarios de la Reina solían ejercer en los caminos que a Santiago conducen: de aquí también al haber ella fijado su residencia por aquel tiempo primero en Limia después en Luparia y a la sazón en Lugo, pueblos o castillos todos del reino de que temía se apoderase el Príncipe, su hijo.

 

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