Montes de Soria

Los tejos, ya protegidos en el Fuero de Soria

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En el Fuero de Soria conservado en dos manuscritos del siglo XIV se protege en su título II-10  al tejo, árbol ancestral que antaño ocuparía tejedas y grandes rodales en la Tierra de Soria del Antiguo Régimen (la que tenía a Soria como ciudad de la que dependían más de centenar y medio de aldeas), de los que tan sólo queda como tejeda la existente en el Barranco del Pinar en La Póveda, así como algunos rodales en la Sierra de Urbión. Ejemplares reseñables subsisten igualmente en el Monte Razón cuya propiedad comparten el Ayuntamiento de Soria y la Mancomunidad de los 150 Pueblos. Así mismo, en la provincia de Soria hay tejos en Calatañazor, Abioncillo de Calatañazor y Cañón del Río Lobos.

En este Fuero Extenso de Soria -el primitivo Fuero lo concedió Alfonso I el Batallador en 1120-, que debió redactarse a partir de 1274 (según Gonzalo Martínez Díez),  se permite el aprovechamiento de las ramas que fueran desgajadas o quebradas a mano, sin uso de cuchillo, hacha u otra arma; permiso que también se otorgaba al acebo. Se sabe, igualmente, que en el Fuero de Sepúlveda se encuentra una disposición parecida protectora del tejo. “Esta curiosa regulación ancestral es común a la de ciertas zonas rurales célticas de Irlanda y Escocia. En muchas de estas regiones europeas, incluidas las españolas, se permitía el desmochar los tejos, pero nunca cortarlos para aprovechar sus ramas en la fabricación de arcos y lanzas. Curiosamente los ingleses a lo largo de la Edad Media importaron mucha madera de tejo del norte de España para su provisión de su ejército, ya que consideraban los arcos españoles como los más fuertes”, aclara J.A.. Oria de Rueda en su ensayo “Las misteriosas tejedas, bosques seculares. Las tejedas en Castilla y León. Situación actual. Conservación y manejo” incluido en el libro 10 años de estudio sobre el Taxus baccata (Tejo).

Tejo en monte Razón (Foto: Mancomunidad 150 Pueblos-Valentín Guisande)

El tejo (Taxus Bacatta L.) parece que ya existía en la Era Terciaria. Es una conífera siempre verde y muy longeva dado que los botánicos tienen censados varios ejempalres europeos con más de 800 años. Pueden alcanzar diámetros enormes, como los tejos de Allande (Asturias), Tosande (Palencia), Sierra de Guara (Huesca) o  los de la Sierra de Cazorla que oscilan entre 1.5 a 2.5 metros.

El tejo es una de las coníferas más ornamentales, de ahí que abunde su presencia, máxime al contar con más de cuarenta variedades de jardín. En el Parque de la Dehesa hay tres  tejos de magnífico porte así como algunos setos. En el atrio del Museo Numantino hay otros dos. Además se han plantado algunos pequeños tejos ornamentales en algunos enclaves de la ciudad.  “Admite la poda continuada de sus ramillas corno ninguna otra especie, rebrotando siempre con vigor. Admite muy bien el recorte, dándole formas harto caprichosas, en lo que se conoce en la jardinería inglesa corno “topiary” o “Ars Topiario”. método de intenso “modelado” de arbustos, dando al tejo formas de objetos, animales, fórmas geométricas, etc.”, comenta Oria de Rueda.

Sigamos leyendo a Oria de Rueda que nos informa que generalmente mide de 6 a 12 m de alto, aunque a veces llega a superar los 25 m. de altura con copa piramidal y muy oscura vista de lejos. “Sus hojas son aciculares, de color verde oscuro por el haz y algo más claro en el envés, colocadas en dos filas a modo de peine. La corteza es inconfundible, delgada y de superficie lisa y pardo-rojiza formando placas alargadas que se desprenden gradualmente.  Con frecuencia, los troncos aparecen con la superficie acanalada. Esto es debido a que el crecimiento en diámetro de los mismos presenta variaciones irregulares muy características, por lo parece como si hubiesen sido resinados o descortezados, aunque se trata de un rasgo natural.”

Indica además Oria de Rueda que esta conífera es un ejemplo típico de árbol dioico, con árboles machos y hembras: “en febrero producen aquellos abundante polen dorado, mientras los ejemplares femeninos ostentan sus verdes flores aisladas, apenas apreciables a simple vista. En otoño maduran las semillas, recubiertas lateralmente de una vistosa cubierta carnosa de color rojo llamado arilo, comestible y de sabor dulzón, a modo de una drupa cuya semilla es un pequeño piñón redondeado. El arilo es la única parle de la planta que no resulta tóxica para el hombre“.

 

Los tejos  – prosigue Oria de Rueda- “comienzan a fructificar de forma natural a los 20 años (en plantas aisladas) aunque en los viveros podemos ver pequeñas plántulas con los rojos arilos, pero se trata de injertos. En masas sombrías no comienza a fructificar hasta los 30 años o más. La semilla, que tarda en germinar normalmente 2 años, conserva su capacidad de germinación hasta más de 5 años. Solamente una pequeña parte germina en el primer año. Las plántulas son muy sensibles a la luz del sol. La fructificación del tejo suele ser muy regular y abundante, produciendo semilla cada año, salvo en ejemplares dominados por una sombra excesiva, como ocurre en ciertos hayedos.”

 

“Los usos del tejo son múltiples e insospechados, desde el valor ecológico, ornamental, forrajero (para vacas y cabras) y su dura madera, hasta las más modernas aplicaciones en medicina contra el cáncer”, resume Oria de Rueda. Y destacaremos por nuestra parte que la madera del tejo es muy dura y se ha utilizado secularmente en tornería y ebanistería (escultura, instrumentos musicales, sillas, mesillas, tarimas).

Eso sí, advierte Oria de Rueda, “aunque los tejos posean sustancias fuertemente tóxicas para el hombre (en toda la planta salvo el arilo), curiosamente, muchos animales buscan sus hojas corno alimento –parecen ser inmunes– como los ciervos y corzos o el ganado vacuno, siempre que esté acostumbrado, pero no los caballos ni las ovejas. Además la fauna aprovecha en invierno el efecto térmico frente al frío y el viento de esta conífera”.

 

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